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Pasamos por algunas etapas en esta categoría tan especial de madres.
Como todas, somos unas mamás igual de felices, orgullosas, esforzadas, preocupadas y sobre todo enamoradas de nuestros hijos.
Pero de repente, todo cambia. Y la vida pasada y futura, se te pasa en la mente en cuestión de segundos. Les aseguro que ese momento una nunca lo olvida.
Nos ponemos a pensar en nuestros errores: tal vez algo que comí durante mi embarazo; a lo mejor la leche; o no fui capaz de darle de mamar lo suficiente. Buscamos las razones: es herencia de la familia, fue alguna vacuna, infección o alguna gripe (en ese momento estamos tan huérfanas de información).
Y se manifiestan los sentimientos de culpa, esa que no te permite avanzar, que solo te deja estancada en la más profunda de las tristezas y desesperación. Nos preguntamos: Porqué él y no yo? Porqué siendo tan pequeño? Qué hice mal? Porqué este castigo!? Y del llanto pasamos al enojo, la ira y la rabia. Somos nosotras y nuestros hijos, solos contra el mundo que se desmorona. Nunca más la vida será igual, y nos decimos: “Pobrecito, no va a poder hacer nada, va a sufrir muchísimo”.
Y cuando parece que nada puede mejorar y que sólo nos dirigimos más al fondo del abismo, aparecen un ángel y un hada madrina.
Un ángel que lo primero que te dice es: “Tu hijo va a estar bien y va a poder hacer todo lo que se proponga. No busques ni causas, ni culpables; esta es una lotería y ustedes la ganaron”, y desde ese instante (hasta hoy) nos sentimos protegidas. Inmediatamente nos ponemos a leer todo lo que nos ponen en frente, aprendemos a poner buena cara cuando nos dicen que hay un yuyo que cura la diabetes, o unas semillitas tipo alpiste, o cuando nos preguntan si es la diabetes grave o la menos grave.
Al mismo tiempo, se aparece el hada madrina, y una la ve tan linda, tan tranquila, tan sonriente, tan cándida, mientras tanto pensamos: será que voy a volver algún día a verme o sentirme así? Y escucharla nos abre el cielo y lo pinta de colores otra vez. Aparecen la esperanza, el optimismo, el ánimo para aprender. En ese momento estamos embarulladas con esa avalancha de información para procesar. Todo esto nos pasa mientras aprendemos a medir, aplicar, interpretar los numeritos raros que jamás habíamos visto y nunca nos imaginamos que importarían.
Una vez adaptados al nuevo estilo de vida, nos vamos dando cuenta de que no todo es negativo y triste. Poco a poco vamos volviendo a la rutina diaria, que por supuesto salió de la normalidad; se agregan ciertas costumbres que quedarán para siempre “Como cepillarse los dientes…”, dice siempre aquel ángel: pinchar para medir glicemias y aplicar insulina antes de comer, contar carbohidratos, aprendemos a analizar todos los factores que pueden alterar nuestras metas: desde el clima, la hora que se duerme o se despierta, si va a ver sólo una película o va a salir a correr al parque, si tiene un cumpleañitos en la tarde, si está engripado … y así puedo seguir enunciando muchos detalles que hoy pensamos automáticamente.
Van llegando a nosotras mujeres que pasaron por la misma experiencia, con los mismos miedos y angustias, y el ciclo sigue su ritmo. Entonces nos damos cuenta de que no estamos solas en este camino larguísimo y difícil, cargando esa mochila tan pesada.
Mujeres de carne y hueso, tan valientes como miedosas, con aciertos y errores, con momentos de felicidad y de angustia; que vivimos la vida dentro de nuestra “normalidad”. Y gracias a ellas, aquellos niños no llegan a ser “pobrecitos”, ni “sufren su diabetes”. Ellas los convierten en héroes.
Las mamás páncreas son mamás valientes, pero también son mamás cansadas. Muchas de nosotras además de este trabajo de 24 horas, trabajamos o estudiamos, o ambas cosas… y todo se puede hacer, con ayuda y colaboración.
La diabetes tipo 1, es una condición crónica, que requiere educación, perseverancia y mucha paciencia.
Si leíste este post y tenés alguna mamá páncreas en tu familia o entre tus amigas, no sientas pena por ella, sentí orgullo y ofrecele tu apoyo.

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