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Hoy más que nunca siento la necesidad de plasmar mis sentimientos en letras.
Luego de casi cinco años con la diabetes tipo 1 en mi casa, en mi familia, en mi vida, en mi hijo; uno de mis tesoros más preciados, llegó el momento que estaba esquivando con bastante habilidad.
Coincidentemente con esta situación que viví hoy, hace unos días dediqué una hora y media al descanso y para ello me senté a ver una película, que seguramente muchos de ustedes ya la han visto, y si no es así; pido disculpas, porque esto será un spoiler total.
Ese día lloré, desde el minuto uno y durante todo el film. Hoy también lloré, lloré con mi hijo, abrazándolo porque era la única manera de no mostrarle mi impotencia y la tristeza que me invadió en ese momento en el que con sus cortos seis años de edad, prácticamente me imploró: “Por favor, quiero que algún día dejen de aplicarme. Me duele, me cansa. No quiero más inyectarme”.
Hasta ahora había sorteado bien preguntas tales como: cuando se me va a ir la diabetes? O, porqué mi hermana no tiene diabetes y yo sí? Creo que todos pasamos por estos momentos y en mi caso particular, tenia bien puesta siempre una coraza que se venía curtiendo cada vez más. Pero hoy, la diabetes “me pudo”.
Y es que no tengo la respuesta que él quiere o necesita escuchar. Lo único que nos queda es hacer o conseguir todo lo que necesite para mejorar su calidad de vida, mantenerlo sano y feliz; con el objetivo final de que lleve una vida plena en todas sus facetas.
En aquella película, me vi personificada desde aquel sexto sentido de mamá que sabía que algo no andaba bien y cuando, finalmente, el médico le dice el diagnóstico. El shock, la incertidumbre, el miedo, la incredulidad y el atontamiento en el que uno se queda cuando, escuchamos la frase “no tiene cura”.
Las lágrimas, que ya no se sabe de dónde fluyen; los problemas en casa, en la familia, la angustia económica; todo suma, todo preocupa y todo influye.
Aparecen los que te ofrecen sus oraciones, que recibimos con mucho agradecimiento, sin embargo; las preguntas son inevitables: porqué Dios castiga así a un pequeño inocente? Yo sí me hice esa pregunta. Y, aunque jamás me destaqué por ser una católica practicante, no voy a misa, ni soy fanática de ningún santo; siempre he creído en ese ser superior que debe existir más allá de lo humano. Si esto era un castigo por mis pecados, porqué no me enfermé yo y no un hermoso bebé inocente? Toda la fe se ve cuestionada. Si fue algo que hice yo, porque no me pasó a mi?.
Imposible no hacer ese paralelismo, al ver a esa hermosa niñita con una sonda nasogástrica para alimentarse; a una mamá absorbiendo toda la información posible para que su hija esté lo mejor posible, haciendo todo lo que está a su alcance y lo que no, también. Los nuestros se inyectan insulina, se miden, aprenden a vivir con su condición; y aun sabiendo que no hay una cura, con las herramientas y los conocimientos, por lo menos, se puede “aparentar una vida normal”.
Pero los momentos de quiebre llegan. Y aquella niña, sentía tanto dolor que pidió morir. Hoy, mi hijo me pidió que no lo inyectara más. Básicamente, si cumpliera su deseo, sería lo mismo que dejarlo morir. Sin insulina, su cuerpo se iría deteriorando, hasta el fin. Obviamente, él no tiene la madurez para comprender la magnitud de su pedido. Él sólo quiere descansar de la diabetes, pero todos sabemos que esto es un trabajo de por vida, sin vacaciones. Es duro lo que escribo, pero es real.
Esta familia pasó por innumerables dificultades y cuando ya habían perdido esperanza de seguir adelante y solo esperar el final, un accidente que le pudo costar la vida; se transformó en un milagro. La historia de la protagonista de la película terminó con un final feliz.
Yo también espero nuestro final feliz, con esto no quiero decir que voy a subir a mi T-Rex a un árbol y lo dejaré caer, NO. Pero si, no me molestaría que una mañana amanezca sin necesidad de estar pendiente de sus números para desayunar, para ir al colegio, para jugar, para comer, para salir, para dormir, y muchas situaciones que vivimos a diario.
Espero que el milagro se produzca del cielo o de la ciencia, no importa de donde, el que llegue primero, pero que se haga realidad ese deseo de todos, grandes y chicos, madres y padres. Tengo la esperanza, de que ese día llegará y que será accesible para todos.
Por el momento, miro a mi alrededor y doy las gracias por su salud, por la oportunidad de verlo crecer, por su felicidad y también por los instantes de tristeza, ellos nos hacen más fuertes. No porque lloremos somos débiles, somos humanos y la diabetes duele, a ellos físicamente y a nosotras en el alma; ese dolor perenne y silencioso, que ojalá pronto deje de existir.

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